Marcet toma un tema aparentemente técnico —cómo diseñar la fórmula de un bonus— y lo convierte en un diagnóstico cultural. Su tesis: el incentivo no es un instrumento de retribución, sino un acto de reconocimiento, y cuando se reparte por igual para evitar conversaciones difíciles, deja de significar nada.
El problema de fondo no está en la fórmula, sino en los directivos que prefieren la comodidad del «café para todos» a la incomodidad de valorar de verdad. Ahí el incentivo se pervierte: nace para diferenciar y acaba igualando; nace para motivar a quien aporta y termina desmotivándolo.
Importa porque toca el nervio de la meritocracia real: una empresa que no sabe premiar distinto tampoco sabrá promocionar distinto.
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